Hay cosas que duelen, así sin más. Con el tiempo las enterramos, las escondemos y conseguimos que la parte consciente de nuestro cerebro no las traiga al presente, pero no las olvidamos. Hace algunos días me encontré de frente con una de ellas y no fue divertido. Lo peor de todo es que llevo un par de semanas intentando que vuelva a meterse donde ha estado habitando los últimos 6 años (joder, 6 años ya) y de momento no he tenido demasiada suerte.
La historia no es demasiado singular, una decepción de alguien a quien consideras tu amigo y que además era tu jefe. Y la pérdida del trabajo, y la pérdida del amigo, y el comienzo del peor año de tu vida por razones que hacen que eso deje de tener importancia. Una historia como mil, que suelen seguir por un nuevo trabajo y ocupar con los verdaderos amigos ese hueco y seguir, siempre seguir. No dedicarle más que el tiempo estrictamente necesario, no hablar demasiado de ello, no herir a los demás miembros del grupo que siguen sintiendo cariño por esa persona, no sufrir.
Y pasan los años y te ves en el salón de un amigo, tomando una cerveza, celebrando un montón de buenas noticias, y ahí está, sentado frente a ti, con una coca cola light en la mano, contando como le va la vida. Y la tristeza se apodera de ti, no es el momento para decir nada y solo esperas que todo acabe pronto, sabiendo que te va a costar mucho volver a enterrarlo todo de nuevo. Y te sonrie y te pregunta... bueno ¿Y tú que tal?
jueves, 19 de noviembre de 2009
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