sábado, 26 de septiembre de 2009

Friends

Esto no el Village neoyorkino, mis amigos no se llaman Rachel, ni Ross. Todos tienen trabajos estables y vidas más o menos corrientes. Y casi todos hace tiempo que entramos en la treintena, algunos, de hecho, están casi a punto de abandonarla. Y sin embargo estos últimos días me siento como si en cualquier momento fuera a sonar esa meodía que nos acompañó durante diez años, muchos más si contamos las innumerables reposiciones. Siento de nuevo como las dudas e incertidumbres más propias de los veinte se instalan en mi vida, solo que con móviles y Facebook y ipods. Debería saber como enfrentarme a ellas, ya lo pasé hace mucho tiempo, pero quizá sea ese el problema, pensar que por haber superado una etapa de tu vida tienes las cosas claras y eres más listo y más capaz. El jueves me demostré a mí misma que no, que puedo meter la pata, hacer daño a gente que quiero, equivocarme al depositar mi confianza en determinadas personas, que no siempre soy tan buena amiga como me gusta pensar y como mis amigos no se cansan de repetirme. Que a los treinta y seis ando perdida, que hacer algo con buena intención no siempre tiene buenas consecuencias. Y la vida una vez más me demuestra que cuando todo parece que va por buen camino puede ocurrir algo inesperado y joderlo todo en un momento.
No somos perfectos, no se nos juzga por ello, sino por como arreglamos una gran metedura de pata. Una pena que en la vida real no haya guionistas ingeniosos para hacer un buen chiste en momentos como este.