Cierta vez, una mujer de su edad que conoció en Italia por motivos profesionales le resumió suvida en pocas palabras. Según ella, a los cinco años le dijo a uno de sus amiguitos, en la guardería: "Si me regalas tu Geyperman, te dejo que me des un beso". A los diez años le soltó a un compañero de clase: "Si me haces los deberes de Sociales esta semana, te dejo ir conmigo a los lavabos. Yo me bajaré las bragas y tú podrás ver lo que tengo debajo", aunque, por cierto, en aquel entonces esa mujer no tenía nada ahí abajo que fuera digno de verse. A los dieciseis años le propuso a un chico de su pandilla: "Si me das una vuelta en tu moto por todo el barrio, te dejo que me toques el pecho izquierdo durante tres minutos". A los veintidós acorraló a un joven profesor de la facultad de Económicas -que babeaba detrás de ella desde el primer año de carrera, pero que la suspendía una y otra vez- e hizo con él un trato: "Si me apruebas la asignatura, te hago un pequeño favor manueal en los lavabos. Pero con un guante puesto, ¿eh?". A los veinticinco, cuando hacía poco que se había casado con su primer marido (la mujer ya iba por el tercero), le sugirió a su cándido y aburrido esposo: "Si me compras ese sofá chester, esta noche te hago un francés". Y mientras hablaba con Penélope, a punto de cumplir los treinta y cinco, sonreía con añoranza y se preguntaba a sí misma en voz alta: "Oye, monada, ¿no serás tú un poco puta?"
Ángela Vallvey, Los Estados Carenciales
lunes, 12 de mayo de 2008
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